martes, 16 de marzo de 2010
domingo, 26 de abril de 2009
Estrella del Norte
¡Cuántas noches en vela!
¡Cuántos amaneceres estrellados
esperando tu comparecencia!
Siempre tras la colina de las ruinas
cuando tu tiempo llegaba.
Brisas rurales de verano
en la terraza del laberinto cúbico.
¡Por fin!
¡Has asomado tu haz brillante
tras las hojas de las coníferas!
Te miramos.
Te observamos con nuestra pasión gratificante.
¡Queremos percibir tu aureola deslumbrante!
Permites que nos acerquemos a tus compañeras de viaje.
La cuadriga de la Osa Mayor
nos guía a través de su vertical
a la antesala del latido de su homónima menor. ¡Allí estás!
¿Me recuerdas?
Hablé contigo a la luz de la Vía Láctea
durante la última noche estival.
Nuestros corazones
compartieron el holograma de la luna nueva
y el sol nos alcanzó con su despertar somnoliento y vibrante.
Ayer te busqué.
Temí no encontrarte en este nuevo entorno.
La noche estaba en cuarto creciente
y la brisa marina era espesa.
¡Te hallé!
Radiante y constante en la escritura de tu bitácora.
Norte.
Me pierdo en la brújula
de tu cuaderno de trazos aprendidos.
Septentrión.
Mis pasos galopantes marcan el rumbo
sin un camino diseñado.
Estrella del Norte.
¡Cuántas experiencias compartidas!
Estrella latente.
Tu fuerza es el calor perdido
de la oscura noche en mi destino.
¡Cuántos amaneceres estrellados
esperando tu comparecencia!
Siempre tras la colina de las ruinas
cuando tu tiempo llegaba.
Brisas rurales de verano
en la terraza del laberinto cúbico.
¡Por fin!
¡Has asomado tu haz brillante
tras las hojas de las coníferas!
Te miramos.
Te observamos con nuestra pasión gratificante.
¡Queremos percibir tu aureola deslumbrante!
Permites que nos acerquemos a tus compañeras de viaje.
La cuadriga de la Osa Mayor
nos guía a través de su vertical
a la antesala del latido de su homónima menor. ¡Allí estás!
¿Me recuerdas?
Hablé contigo a la luz de la Vía Láctea
durante la última noche estival.
Nuestros corazones
compartieron el holograma de la luna nueva
y el sol nos alcanzó con su despertar somnoliento y vibrante.
Ayer te busqué.
Temí no encontrarte en este nuevo entorno.
La noche estaba en cuarto creciente
y la brisa marina era espesa.
¡Te hallé!
Radiante y constante en la escritura de tu bitácora.
Norte.
Me pierdo en la brújula
de tu cuaderno de trazos aprendidos.
Septentrión.
Mis pasos galopantes marcan el rumbo
sin un camino diseñado.
Estrella del Norte.
¡Cuántas experiencias compartidas!
Estrella latente.
Tu fuerza es el calor perdido
de la oscura noche en mi destino.
viernes, 24 de abril de 2009
El retroceso de un beso
Cuando el retroceso de aquel beso me mandó de un impulso al otro lado de la habitación supe que no era un beso más, un beso cualquiera de esos que te dejan impasible como si nada hubiese pasado. Sin sentimiento ni recuerdo temporal.
Aquella acción apasionada y sin mesura, y que después de sopesarlo concienzudamente decidí denominarla el retroceso de un beso, buscando la similitud que el proyectil novel de un arma le provoca a alguien inexperto la primera vez que la dispara, me hizo reflexionar sobre mi propia existencia y sobre las personas que de una forma u otra habían interactuado en mi vida.
No puedo decir que fuese principiante en esas lindes. No en la de las armas, que hasta el momento no había cogido ninguna a no ser las pistolas de agua que durante la infancia en mi ciudad natal utilizábamos para mojarnos o mejor dicho para calarnos hasta los huesos en el recinto de la piscina donde mi hermana y yo acudíamos todos los veranos, sino en la de los labios carnosos que se conjugan en un beso.
Había besado en más de una ocasión y a diferentes mujeres a lo largo de mi vida. Altas, bajas, morenas, rubias, pelirrojas… Una infinidad de formas y colores. Pero hasta entonces ningún beso me había lanzado hasta el otro lado de la habitación.
Yacía en el suelo y, mientras observaba la alfombra vanguardista que me arropaba, la miraba inmóvil y me perdía en la profundidad de sus ojos color miel. Su boca emanaba el humo que se conectaba con mi boca a través de una estrecha línea sinusoidal que engendraba a la habitación de un hotel postmoderno ubicado en el centro de San Francisco.
Ella estaba desnuda y su cuerpo se integraba más allá de la pared empapelada donde un facsímile de la Marilyn de Warhol sobre un fondo rosa nos abrazaba con cautela; fue en ese preciso momento cuando pensé en las relaciones que mis labios habían acumulado y en la razón de por qué ninguna me había llenado hasta tal punto de perder el conocimiento.
Se acercó a mí, rodeada de un halo de niebla, y me tendió su mano mientras con un guiño me incitaba a levantarme de un salto del suelo. Las piernas me pesaban y no fui capaz de afrontar la recta final que me llevase de nuevo a su boca todavía humeante. Allí, donde los sentimientos emanaban de la fuente de la desesperación, la perspectiva de la vida era totalmente diferente y no podía más que mantenerme inmóvil ante la certeza de que la situación que estaba viviendo no era más que el reflejo en el espejo de mi propio ser.
Me logré levantar y fue entonces cuando sucedió. Sabía que la había echado de menos tanto como a mi vida y que mis constantes negativas de verla de nuevo me habían cegado en la más profunda oscuridad. Pero era ella, no había duda de ello. Había venido a buscarme y desde aquella posición infernal la veía acercarse a mí con su hábito desnudo y tenebroso. Era ella. La muerte me acechaba desde lo más inhóspito de mis entrañas. Me arrodillé, le supliqué que me llevase con ella y que me besase de nuevo con sus labios esqueléticos y repletos de halitosis. Ese aroma tan familiar de la muerte es el que mi corazón podrido de latir no había sido capaz de soportar en el recinto solitario donde llevaba inmerso desde hacía mucho tiempo.
El encuentro esperado me provocó el recuerdo inexistente y no conseguí plasmar con exactitud cómo había llegado hasta allí y si esa vivencia era un sueño o una realidad. De todos modos, ya estaba muerto y respiraba como un niño recién engendrado en el útero materno aguardando a que su madre le besara al otro lado del espejo de la vida incipiente.
Aquella acción apasionada y sin mesura, y que después de sopesarlo concienzudamente decidí denominarla el retroceso de un beso, buscando la similitud que el proyectil novel de un arma le provoca a alguien inexperto la primera vez que la dispara, me hizo reflexionar sobre mi propia existencia y sobre las personas que de una forma u otra habían interactuado en mi vida.
No puedo decir que fuese principiante en esas lindes. No en la de las armas, que hasta el momento no había cogido ninguna a no ser las pistolas de agua que durante la infancia en mi ciudad natal utilizábamos para mojarnos o mejor dicho para calarnos hasta los huesos en el recinto de la piscina donde mi hermana y yo acudíamos todos los veranos, sino en la de los labios carnosos que se conjugan en un beso.
Había besado en más de una ocasión y a diferentes mujeres a lo largo de mi vida. Altas, bajas, morenas, rubias, pelirrojas… Una infinidad de formas y colores. Pero hasta entonces ningún beso me había lanzado hasta el otro lado de la habitación.
Yacía en el suelo y, mientras observaba la alfombra vanguardista que me arropaba, la miraba inmóvil y me perdía en la profundidad de sus ojos color miel. Su boca emanaba el humo que se conectaba con mi boca a través de una estrecha línea sinusoidal que engendraba a la habitación de un hotel postmoderno ubicado en el centro de San Francisco.
Ella estaba desnuda y su cuerpo se integraba más allá de la pared empapelada donde un facsímile de la Marilyn de Warhol sobre un fondo rosa nos abrazaba con cautela; fue en ese preciso momento cuando pensé en las relaciones que mis labios habían acumulado y en la razón de por qué ninguna me había llenado hasta tal punto de perder el conocimiento.
Se acercó a mí, rodeada de un halo de niebla, y me tendió su mano mientras con un guiño me incitaba a levantarme de un salto del suelo. Las piernas me pesaban y no fui capaz de afrontar la recta final que me llevase de nuevo a su boca todavía humeante. Allí, donde los sentimientos emanaban de la fuente de la desesperación, la perspectiva de la vida era totalmente diferente y no podía más que mantenerme inmóvil ante la certeza de que la situación que estaba viviendo no era más que el reflejo en el espejo de mi propio ser.
Me logré levantar y fue entonces cuando sucedió. Sabía que la había echado de menos tanto como a mi vida y que mis constantes negativas de verla de nuevo me habían cegado en la más profunda oscuridad. Pero era ella, no había duda de ello. Había venido a buscarme y desde aquella posición infernal la veía acercarse a mí con su hábito desnudo y tenebroso. Era ella. La muerte me acechaba desde lo más inhóspito de mis entrañas. Me arrodillé, le supliqué que me llevase con ella y que me besase de nuevo con sus labios esqueléticos y repletos de halitosis. Ese aroma tan familiar de la muerte es el que mi corazón podrido de latir no había sido capaz de soportar en el recinto solitario donde llevaba inmerso desde hacía mucho tiempo.
El encuentro esperado me provocó el recuerdo inexistente y no conseguí plasmar con exactitud cómo había llegado hasta allí y si esa vivencia era un sueño o una realidad. De todos modos, ya estaba muerto y respiraba como un niño recién engendrado en el útero materno aguardando a que su madre le besara al otro lado del espejo de la vida incipiente.
domingo, 19 de abril de 2009
La grieta
Cuando me adentré en la boca del metro de aquella ciudad, cuyo nombre el tiempo ha borrado de mi cabeza, no pensé que sería la última vez que vería la luz del día. Ella me agarraba de la cintura al igual que una sirena en celo perdida en el océano. Luego, ya no recuerdo nada más. La oscuridad se apoderó de nosotros y ninguno de los dos supimos terminar con aquel desasosiego que arrastrábamos. Las escaleras cada vez eran más empinadas y la estación número uno era angosta y fría. Como dos autómatas nos dirigimos entre la desidia de nuestros quejidos hasta el origen de los túneles. Aquél era nuestro destino, el que nosotros habíamos buscado, y ahora estábamos decididos a afrontarlo. De repente, las entrañas de una gran grieta ubicada en el muro más septentrional de la estación, emitieron un ruido ensordecedor y desconsolado. Nos acercamos a ella. Tenía forma de espiral y de su interior brotaba un río de sangre. Nos arrodillamos, y en un acto descontrolado de pasión nos arrancamos los ojos ante el gemido vulgar de aquella herida que se alimentaba de la incertidumbre del ser humano. El espejo que aguardaba ansiosamente la llegada del próximo tren nos empujó a la vía escarpada donde el reflejo se fundió con la sombra. Un sonido procedente del intestino grueso de la galería nos generó un espasmo que recorrió nuestros cuerpos como una corriente eléctrica. Estábamos delante de lo inesperado, de la costumbre, de la desolación, de las tradiciones incuestionables, y ahora era el momento de que pagásemos por ello. La deuda pendiente que habíamos acumulado durante nuestra relación. Fue entonces cuando, sin ojos, predijimos nuestro final, nuestra ruptura que nunca quisimos aceptar y sólo cuando la sangre brotó como una fuente rabiosa de nuestras cavidades oculares, nos sentimos vivos mientras nuestra respiración se sincronizó con el silbato del tren que nos sumió en la cueva de los lamentos perdidos para siempre.
Cordón umbilical
Cordón umbilical es un poemario escrito desde el clamor a lo desconocido. La intersección entre la vida y la muerte o viceversa. Estos versos son el temor del nonato a morir abortado en el vientre materno y el ardor del fallecido a resucitar de entre los muertos. Dos ángulos opuestos pero complementarios. Y en el medio, la vida: nexo comunicador entre los dos estados. Aprendemos a morir mientras vivimos y nos mantenemos vivos ante la muerte.
No existe un final sin principio,
ni un principio sin final.
¿Pero realmente importa?
El final de una vida es la muerte
del principio.
Noche y día.
Luz y oscuridad.
Dualismo innato.
No existe un final sin principio,
ni un principio sin final.
¿Pero realmente importa?
El final de una vida es la muerte
del principio.
Noche y día.
Luz y oscuridad.
Dualismo innato.
Cordón Umbilical: algunos poemas
TE ESPERARÉ DESPIERTO
La aureola del amanecer danza
al son de la nana de tu laringe
y tu sombra emerge tras las dunas
repleta de dudas, atemorizada,
angustiada por el miedo.
El volcán en erupción de tus estomas
devasta la ladera de mis párpados
con su lava pura e incandescente
más allá de la incertidumbre del tiempo.
Te busqué entre las sirenas agostadas
que residen en la profundidad oceánica,
inmerso en la brisa de la estepa salada
y sin motivo y sin razón,
te amé.
El lamento acuoso de mi espina dorsal
sobrevuela las ondas de tu ombligo.
Se detiene sobre las astillas de madera
que tu féretro putrefacto e invernal
ha arrojado sobre el estío descuidado
de mi ardor somnoliento,
huracán inesperado y devastador
de los recuerdos más osados,
apasionado en la causa del olvido
ensangrentado de mi arteria aorta
que se abrasa en tus abrazos.
Y ahora que no te busco
la luz de la lápida desprotegida,
esencia de tu frialdad abrupta,
ilumina a mi ser desamparado
entre el jardín de rosas marchitas
a las puertas del nicho exhumado.
Ahora que te sonrío,
navegamos sin rumbo hacia la isla
cautiva del espíritu encarcelado
que miente cuando te mira.
Algún día me querrás
y aunque no te espero
te esperaré despierto.
REMINISCENCIA
Ingiero la pócima desnuda
de tu perfume ensangrentado,
antesala de tu sombra oculta,
y es entonces,
cuando el alba me sorprende
indefenso ante el desequilibrio,
y me sumerjo como un pez dormido
entre las cenizas de tu llanto,
más allá de la cordillera abrupta,
cúspide de tu espina dorsal.
¡Luz!
Me he despertado entre los cirros
de un letargo ancestral e insonoro,
donde las fauces de los truenos
son los labios que perfilan tu boca,
y al besarte,
mi vientre ha aullado a septentrión,
espacio inhabitado por tu belleza.
Cierro los ojos y te miro en silencio,
deshago la nieve de mis pestañas
e inspiro la sal sin lastre en el puerto
como nunca antes pude hacerlo.
Tu voz emana de la oscuridad,
te escucho, cautivo de los susurros
de las raíces del bosque petrificado
que me abriga bajo su aureola
cadavérica de hojarasca marchita.
El sonido de tus pasos retumba
como un eco frente al acantilado
al son de las vísceras del yelmo
de mi corazón acorazado.
Cabalgo sin montura ni caballo,
al compás del pentagrama inocuo,
ritmo aterciopelado de la muerte,
y te busco entre el arrabal de los siglos,
camino angosto y encharcado,
donde tu paciencia espera
y se desespera ante la profundidad
del panteón oxidado junto al palomar.
Me pierdo como un niño extraviado
en el desierto de la esperanza,
ilusiones de un oasis imaginario,
abismo de lava incandescente
que engendra el volcán de tu pasado.
Escorpión alado,
¡contágiame de tu veneno!
Y cuando tu recuerdo emerge
como el trigo todavía incipiente
de los campos en barbecho,
me desprendo de la armadura
que me ahoga entre sus lamentos,
y lucho, como una virgen en celo
contra el molino de viento amargo,
y al enfrentarme a él, sin escudo,
vivo de mi locura,
me enredo entre tus aspas,
y el hedor de las rosas infectas
me asfixia en el vago intento
de recordarte.
ESQUELA
Ayer,
leí mi nombre
en el periódico local.
Anunciaba mi muerte.
¡Qué curioso!
Ya estoy muerto.
Noticia atrasada,
epílogo en blanco.
La tinta conmovida
es el llanto ensangrentado
de este niño recién nacido.
Alegría allegada,
cuna espaciosa,
urna angosta,
réquiem bautismal.
La aureola del amanecer danza
al son de la nana de tu laringe
y tu sombra emerge tras las dunas
repleta de dudas, atemorizada,
angustiada por el miedo.
El volcán en erupción de tus estomas
devasta la ladera de mis párpados
con su lava pura e incandescente
más allá de la incertidumbre del tiempo.
Te busqué entre las sirenas agostadas
que residen en la profundidad oceánica,
inmerso en la brisa de la estepa salada
y sin motivo y sin razón,
te amé.
El lamento acuoso de mi espina dorsal
sobrevuela las ondas de tu ombligo.
Se detiene sobre las astillas de madera
que tu féretro putrefacto e invernal
ha arrojado sobre el estío descuidado
de mi ardor somnoliento,
huracán inesperado y devastador
de los recuerdos más osados,
apasionado en la causa del olvido
ensangrentado de mi arteria aorta
que se abrasa en tus abrazos.
Y ahora que no te busco
la luz de la lápida desprotegida,
esencia de tu frialdad abrupta,
ilumina a mi ser desamparado
entre el jardín de rosas marchitas
a las puertas del nicho exhumado.
Ahora que te sonrío,
navegamos sin rumbo hacia la isla
cautiva del espíritu encarcelado
que miente cuando te mira.
Algún día me querrás
y aunque no te espero
te esperaré despierto.
REMINISCENCIA
Ingiero la pócima desnuda
de tu perfume ensangrentado,
antesala de tu sombra oculta,
y es entonces,
cuando el alba me sorprende
indefenso ante el desequilibrio,
y me sumerjo como un pez dormido
entre las cenizas de tu llanto,
más allá de la cordillera abrupta,
cúspide de tu espina dorsal.
¡Luz!
Me he despertado entre los cirros
de un letargo ancestral e insonoro,
donde las fauces de los truenos
son los labios que perfilan tu boca,
y al besarte,
mi vientre ha aullado a septentrión,
espacio inhabitado por tu belleza.
Cierro los ojos y te miro en silencio,
deshago la nieve de mis pestañas
e inspiro la sal sin lastre en el puerto
como nunca antes pude hacerlo.
Tu voz emana de la oscuridad,
te escucho, cautivo de los susurros
de las raíces del bosque petrificado
que me abriga bajo su aureola
cadavérica de hojarasca marchita.
El sonido de tus pasos retumba
como un eco frente al acantilado
al son de las vísceras del yelmo
de mi corazón acorazado.
Cabalgo sin montura ni caballo,
al compás del pentagrama inocuo,
ritmo aterciopelado de la muerte,
y te busco entre el arrabal de los siglos,
camino angosto y encharcado,
donde tu paciencia espera
y se desespera ante la profundidad
del panteón oxidado junto al palomar.
Me pierdo como un niño extraviado
en el desierto de la esperanza,
ilusiones de un oasis imaginario,
abismo de lava incandescente
que engendra el volcán de tu pasado.
Escorpión alado,
¡contágiame de tu veneno!
Y cuando tu recuerdo emerge
como el trigo todavía incipiente
de los campos en barbecho,
me desprendo de la armadura
que me ahoga entre sus lamentos,
y lucho, como una virgen en celo
contra el molino de viento amargo,
y al enfrentarme a él, sin escudo,
vivo de mi locura,
me enredo entre tus aspas,
y el hedor de las rosas infectas
me asfixia en el vago intento
de recordarte.
ESQUELA
Ayer,
leí mi nombre
en el periódico local.
Anunciaba mi muerte.
¡Qué curioso!
Ya estoy muerto.
Noticia atrasada,
epílogo en blanco.
La tinta conmovida
es el llanto ensangrentado
de este niño recién nacido.
Alegría allegada,
cuna espaciosa,
urna angosta,
réquiem bautismal.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)